martes, 6 de marzo de 2012

El charco. [Capítulo 8.]

Desperté en una habitación blanca entera, con una simple bombilla de bajo consumo colgando en el techo. No había apenas muebles allí, solo una cama de matrimonio blanca que había en mitad de la habitación, en esa cama desperté tumbada. Aquel espacio era amplio y no se escuchaba nada del exterior. Intenté levantarme de la cama pero unos brazos mecánicos o algo por el estilo me agarraban de brazos, piernas y por el torso. Comencé a asustarme, poco después me acordé de ese alguien que me raptó en el ascensor. Los nervios y el miedo me hacían pensar que fue Jake el que lo hizo, sospechaba porque él quería que fuese con él, a su mundo. Mi corazón me decía que Jake estaba de mi parte y que él no hizo eso.

-¿Jake? ¿Hay alguien? ¿Hola?

Nadie respondía a mis palabras. Supuse que no podía hacer otra cosa que quedarme en la cama tumbada y esperar a que alguien entrase. Aproximadamente una hora después entró alguien a la habitación mientras otra persona, aparecida de la nada, me tapaba los ojos con una venda negra.

-Abre la boca.
-¿Q-qué...?
-¡Qué abras la boca! -Aquel hombre, que supe que era un hombre por el tono de su voz, me cogió del mentón abriéndome la boca y metiéndome una cuchara con lo que parecía ser puré de verduras. Lo comí sin hacerle ascos, pues podría ganarme una paliza, creo.

Terminó de darme de comer.

-¿Quienes sois...? -No lo pude evitar y la venda negra se humedeció a causa de mis lágrimas, tenía mucho miedo, esa era la primera vez que quería morirme de verdad.
-¿Para qué quieres saberlo?
-Me habéis secuestrado como si nada, no he hecho nada...
-Jake. Conoces a Jake.
-Lo conozco, sí...

Se quedaron en silencio durante unos minutos.

-¿Qué tenéis? ¿Eh? ¡Contesta!
-Nada...
-¡Mentira! -Me asestó un guantazo en el perfil derecho de la cara. Pude comprobar que llevaba guantes, de cuero seguramente.
-¡He dicho que nada! -Agité mis brazos con intención de librarme de esa cosa que me agarraba.-
-Maldita terrícola... ¡Vosotros y vuestros sentimientos! -Me volvió a golpear, esta vez no fue un guantazo, sino un puñetazo. Me quedé con la cara agachada debido al golpe y mi boca comenzó a sangrar. Escuché la puerta de cerrarse y me volvieron a quitar la venda, no había nadie más que yo en la habitación.

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